martes, 19 de febrero de 2008

Una mañana en el parque



A veces, de mañana, tempranito, eso sí, porque madrugar madrugo, no se me crean que por aquello de la falta de ocupación remunerada pásome el día entre edredones al calor de algún pseudo noticiero-programarosa-realityshow-crónicanegra que inundan las mañanas ociosas de la caja que nos atonta, que no tonta, programados ellos a modo de complemento vitamínico para amas de casa: tienen de todo para todos, pues que a veces de mañanita, o no tanto, me acerco al parque de Isabel la Católica, que era de ultraderechas, -esto nunca se ha dicho- a ver evolucionar los patos, ánades en general, para no discriminarlos, sobre la, supongo, gélida agua del lago, variadas sus fisonomías y diversas sus procedencias, inmigrantes, migrantes para ser más exactos, que en breve tendrán que pasar por el filtro burocrático contractual, si tornan las tornas en marzo, y que algunos para mi asombro pasan el invierno aquí, pensé vendrán de la tundra, que un poquito más abajo se estaría mejor, hablando del tiempo que no del espacio, y ver deslizarse los cisnes impolutos, comprobando con qué ejemplaridad y civismo se desenvuelven en un medio tan complicado como la diversidad, a pesar de ese complejo de fealdad que los hace automarginarse pero con tanta dignidad, y ver gaviotas aunque no se quiera, y también...si tengo suerte, ver ardillas, sí ardillas, como la de la foto, nerviosas, desinquietas, como decimos en mi tierra, que nos parece que juegan, qué graciosas, cómo saltan, y coño no, es el estrés de intentar coger todas las bellotas posibles antes de que ese tipo somnoliento con pinta de ocioso se la cargue con ese aparato negro y sospechoso con el que la apunta. ¿Tú que harías en su lugar?, ¿tiene cojones la ardilla?, ¿o no?

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